Los hospitales deberían ser refugios de sanación, pero en México, la realidad es otra. En 2015, el Hospital Regional 1 de Culiacán, Sinaloa, fue escenario de una tragedia silenciosa: una infección provocada por la bacteria Klebsiella pneumoniae afectó a 84 recién nacidos; 14 de ellos no sobrevivieron.
La investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) reveló un panorama alarmante: fallas en la higiene del personal, insumos contaminados y deficiente limpieza en áreas críticas. Aunque el caso estremeció al país, no fue un hecho aislado.
En la última década, los hospitales públicos han sido testigos de un crecimiento en las infecciones hospitalarias. Datos de la Red Hospitalaria de Vigilancia Epidemiológica (RHOVE) muestran que, entre 2015 y 2019, 14 de cada 100 pacientes infectados fallecían. Tras la pandemia, la cifra escaló a 20 por cada 100. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 10% de los pacientes sufre efectos adversos por una atención médica insegura, pero en México, la situación es mucho más grave.
El Dr. Alejandro Macías, especialista en infecciones, señala que el deterioro del sistema de salud y la falta de insumos han convertido a los hospitales en trampas mortales. “No sorprende el aumento de la mortalidad, los hospitales están en condiciones deplorables”, afirma.
Recientemente, un brote de Klebsiella oxytoca en hospitales del Estado de México, Michoacán y Guanajuato cobró la vida de 17 menores. La causa: contaminación en los insumos médicos. Sin un programa nacional de control de infecciones, la falta de higiene y el escaso presupuesto en salud han convertido a los hospitales en un peligro latente.
Mientras las autoridades minimizan el problema, las cifras hablan por sí solas: cada año, al menos 60 mil personas mueren en México por infecciones hospitalarias. Y muchas de esas muertes pudieron evitarse.