Lo que comenzó como un comentario irónico en el Parlamento Europeo se ha convertido en un insólito debate internacional. Raphaël Glucksmann, político francés, pidió a Estados Unidos que regrese la Estatua de la Libertad a Francia, argumentando que el país norteamericano ha dejado de representar los valores que simboliza el icónico monumento.
«Se la dimos como un regalo, pero si ya no la quieren, nos la pueden devolver. En Francia aún creemos en la libertad y estaremos felices de recibir a los científicos que han sido expulsados de Estados Unidos», declaró Glucksmann, en referencia a recientes medidas del gobierno de Donald Trump.
Como era de esperarse, la respuesta de la Casa Blanca no se hizo esperar y llegó con el tono característico de la administración republicana. A través de su vocera, el gobierno estadounidense rechazó la petición de manera tajante y aprovechó para lanzar un dardo histórico: «Mi consejo al político francés de bajo nivel es recordar que solo gracias a Estados Unidos, Francia no está hablando alemán. Deberían estar agradecidos».
Más allá del intercambio de declaraciones, la Estatua de la Libertad ha sido un símbolo de la relación entre ambos países desde su inauguración en 1886. Diseñada por Frédéric Auguste Bartholdi y financiada por donaciones de ciudadanos franceses y estadounidenses, la escultura fue un regalo de Francia para conmemorar la independencia de Estados Unidos y reforzar los valores de libertad y justicia.
Aunque el debate sobre su posible devolución no pasa de lo anecdótico, la discusión deja en evidencia las tensiones entre ambas naciones y las diferencias políticas que han surgido en los últimos años. Mientras tanto, la Estatua de la Libertad sigue en su lugar, observando el horizonte de Nueva York y, ahora, siendo el centro de un inesperado cruce diplomático.