La tensión entre Israel e Irán escaló a un nuevo nivel este domingo. En el día once del conflicto, el Ejército israelí confirmó ataques a objetivos militares iraníes en Kermanshah, una región estratégica al oeste del país, a menos de 80 kilómetros de la frontera con Irak. Según fuentes oficiales, la zona alberga refinerías y almacenes de misiles que ya habían sido blanco de ataques previos.
Paralelamente, Israel activó su defensa antiaérea tras interceptar un dron iraní cerca de Eilat, en el sur, además de repeler un misil balístico que encendió las alarmas en el centro del país y Cisjordania. Todo esto, horas después de que Estados Unidos lanzara una ofensiva directa bajo el nombre clave Midnight Hammer.
Con 125 aeronaves, incluyendo bombarderos B-2 y aviones de reconocimiento, Washington bombardeó los centros nucleares iraníes de Isfahán, Natanz y Fordo. El objetivo declarado: impedir que Teherán logre fabricar una bomba atómica. El Pentágono detalló que se utilizaron 75 bombas y misiles, entre ellos proyectiles antibúnker.
Desde la ONU, Irán respondió con cautela pero firmeza. Anunció que su ejército decidirá el “momento y magnitud” de una respuesta proporcional, la cual, aseguran, traerá “consecuencias duraderas”. Mientras tanto, el presidente Donald Trump no tardó en celebrar el operativo. “¡Obliteración es un término exacto!”, escribió en su red Truth Social, subrayando que los mayores daños se produjeron bajo tierra.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), a través de su director Rafael Grossi, confirmó los “amplios daños” en las instalaciones de Isfahán y pidió detener la escalada. Urgió a retomar la vía diplomática para que el organismo pueda reanudar su supervisión sobre los casi 400 kilogramos de uranio altamente enriquecido que posee Irán.