En los pasillos de la Cumbre del G‑7, Claudia Sheinbaum quiso ir más allá de los saludos protocolarios. La presidenta mexicana se acercó al primer ministro canadiense, Mark Carney, con un obsequio que hablaba por sí solo: un balón artesanal tejido por manos wixárikas. “Es nuestro símbolo de amistad y de la fiesta que el fútbol nos unirá el próximo año”, explicó, mientras el mandatario anfitrión lo describía como “fantástico”.
El gesto enlazó dos ejes centrales de la charla: la coorganización del Mundial 2026 y el acercamiento cultural entre ambos países. Carney coincidió: “México, Canadá y nuestro tercer coanfitrión, Estados Unidos, compartimos el mismo entusiasmo por este juego hermoso”. Ambos líderes adelantaron que buscarán una cumbre trilateral con Donald Trump para afinar los últimos detalles del torneo.
Un Mundial sin precedente
La Copa de 2026 será la primera dividida entre tres naciones y la primera con 48 selecciones. México hará historia al convertirse en el único país con tres mundiales (1970, 1986 y ahora 2026); Estados Unidos repetirá tras 1994 y Canadá debutará como sede. En total, 16 estadios –del Azteca al MetLife y el BMO Field– recibirán partidos que proyectan un impacto millonario en turismo e infraestructura.
Más que fútbol
Para Sheinbaum, el balón wixárika personifica la riqueza indígena mexicana y la capacidad de la región para trabajar unida en proyectos de gran escala. Carney, por su parte, subrayó que el evento “consolidará a Norteamérica como referente organizativo mundial”. La FIFA apuesta por récord de audiencias y mayor inclusión deportiva; los tres gobiernos, por un impulso económico y diplomático que trascienda el césped.