La escena fue peculiar desde el inicio: mientras Donald Trump se mostraba exultante desde Washington, su homólogo ruso, Vladímir Putin, se conectaba desde una modesta escuela al sur de Rusia. No desde el Kremlin, sino desde una institución en Krasnodar. El contexto ya marcaba diferencias de tono… y de intenciones.
Ambos mandatarios sostuvieron una conversación telefónica de dos horas el lunes por la noche. Para Trump, fue un día “muy importante”; para Putin, apenas una “charla útil”. Ese contraste no solo evidenció su forma de comunicar, sino también sus prioridades.
Trump salió a declarar que la paz entre Rusia y Ucrania estaba más cerca que nunca. Habló de inminentes negociaciones directas, de reconstrucción, de comercio bilateral y de millones de empleos por venir. Un discurso optimista que sonó más a campaña que a diplomacia.
En cambio, Putin fue parco. Dijo que la charla había sido informativa y reiteró que su país está dispuesto a firmar un «memorando para un futuro acuerdo». Pero sin definir condiciones, plazos ni compromisos. Ni una palabra sobre concesiones.
Expertos rusos como Alexandra Filipenko y Mijaíl Komin coinciden: no hubo avances reales. “Solo acordaron seguir acordando”, ironiza Filipenko. Para ella, Putin se mantiene firme: exige que Ucrania no entre a la OTAN y reconozca los territorios ocupados como parte de Rusia. Kiev ya rechazó esto por completo.
Mientras tanto, Trump parece más preocupado por mostrar apertura comercial que por frenar la guerra. El Kremlin lo sabe. Según Komin, su estrategia es clara: no provocar a Trump, evitar sanciones y continuar la ofensiva. Todo indica que Putin solo busca ganar tiempo, sin ceder en nada.
El futuro de Ucrania, concluyen los analistas, podría no depender de Trump, sino del Congreso de EE. UU. Porque en esta conversación, más que voluntad de paz, hubo cálculo político.